Sobre libro: Historias íntimas de la Revolución Francesa

Crédito de imagen: https://pixabay.com/es/par%C3%ADs-francia-monumento-escultura-112220/

He aquí otra obra del autor G. Lenotre, cuyo verdadero nombre es Louis Léon Théodore Gosselin es miembro de la academia francesa, quien sigue fiel a su consigna de hacer que la historia sea para todos, como lo hizo igualmente con su obra de historias íntimas de Versalles, de la cual es una saga.

Este es un libro cuya versión española de la editorial Plus Ultra, fue impresa el 30 de Julio de 1960, en Madrid. Es uno de esos libros también de anticuario, que no se suelen ver ahora con mucha frecuencia, aunque su encuadernación roja y sus bajorrelieves dorados difícilmente dejan que pase desapercibido.

La historia de fondo en las sociedades, es como un río, se conoce bien la superficie, pero en el cauce hay corrientes que no se ven y son la base y el soporte de lo que es más visible, lo que aparece “prima facie”, la superficie del río. En el tumultuoso tiempo de la revolución hay muchas anécdotas algunas pasajeras, otras que formaron parte de las cosas que pasaron a ser parte de la historia.

Dentro de las muchas que cuenta en sus 416 páginas, algunas que me llamaron la atención, la del creador de la llamada guillotina, el doctor J.I. Guillotin, quien propuso que el mecanismo para acabar con la vida de alguien fuera simple, dado el macabro relato de la decapitación de la joven Helene Gillete, quien a semejanza de otros condenados en otras épocas cuando ponían su cabeza en el tajo, no siempre contaron con la “fortuna” de un verdugo experimentado que hiciera el trabajo “limpiamente” en un solo golpe. Muchas veces los golpes iban desviados, dando –y esto no da menos que escalofríos- en la cabeza, en el hombro, en la mandíbula ….. y las más de las veces tocaba concluir la sórdida labor con un cuchillo, como si fuera una carnicería. Y Antonio Louis, cirujano de la academia, con un artesano alemán de nombre Tobías Schmidt, desarrollaron el artilugio que es conocido, que se instaló por primera vez en la plaza de la Greve en París, donde luego, cual Saturno mitológico, empezó a comerse a sus propios hijos.

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Crédito de imagen: “Robespierre exécutant le bourreau” by unidentified – La Guillotine en 1793 by H. Fleischmann (1908), page 269 Google BooksInternet Archive copy. Licensed under Public Domain via Commons – https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Robespierre_ex%C3%A9cutant_le_bourreau.jpg#/media/File:Robespierre_ex%C3%A9cutant_le_bourreau.jpg

Otra anécdota que narra Lenotre, es la de los sacerdotes que fueron muertos a sablazos en el convento de Vaugirard, cuyos restos están a la vista en recuerdo y homenaje póstumo a su apego a su credo, a su renuncia a la apostasía que impusieron las ígnaras masas revolucionarias, incluidas en la soldadesca cuyo interés las más de las veces  fue sencillamente por codicia de los bienes ajenos, disfrazada de “interés legal”. Lo mismo de todos los tiempos, no hay nada nuevo bajo el sol.

Gastón Chaumete, un nombre por sí solo incluso anodino, pero fue quien introdujo el culto de la “diosa razón”. Hay que imaginarse Notre Dame en aquella época, cuando en lugar del oficio tradicional, los asistentes gritaban febrilmente la adoración a este nuevo “becerro de oro” proclamando a su creador –Chaumete- como uno de sus nuevos líderes.  Y Chaumete a partir de entonces empezó a llamarse Anaxágoras Chaumete, lo cual precipitó de paso, la moda de nombres griegos y romanos a los nuevos vástagos de la revolución: nuevos Catones, Brutos, Manlios, Ayaxes, Marcos, Escipiones,  tan diferentes a los cuerpos que configuraron los méritos de esos nombres en sus tiempos. Pero la dicha del ascendente Chaumete no fue larga, finalmente acabó sus días en la “rasuradora nacional”, uno de los eufemismos de la nueva máquina. Que entre otras cosas, originó una terminología nueva, la de “beber sangre juntos”, como se decían los miembros de los Jacobinos, el movimiento que ayudó a fundar el abate Enmanuel José Sieyes, el “abate Sieyes”.

Y este abate Sieyes fue uno de los políticos que logró pasar por ese estrecha frontera entre el fanatismo y la supervivencia que impusieron los diferentes movimientos gobernantes de Francia durante la revolución, como la Asamblea Nacional, la Asamblea nacional constituyente, la legislativa, el cuerpo de los 500… sobrevivió a Napoleón y murió a los 88 años.

Un cuadro de estoicismo llevado al extremo, el de Simone Evrard, la esposa y luego viuda de Jean Paul Marat, l´ami du peuple, el amigo del pueblo. Marat tenía una dolencia cutánea que lo obligaba a tomar baños prolongados, así finalmente queda inmortalizada su imagen en el lienzo de Jacques Louis David, luego de ser degollado por Charlotte Corday, en represalia por su labor incendiaria en el panfleto revolucionario “El amigo del pueblo”. Simone le prepara los baños, la comida, está pendiente de sus últimos caprichos y es quien detiene a Corday cuando ultimó a Marat, mientras llegaban los vecinos. Ante el tribunal que le concede la pensión, dice que lo único que merece la viuda de Marat es otra tumba, al lado de su esposo. Y así la conocería la posteridad, la viuda de Marat.

Crédito de Imagen: Jean Paul Marat, By Eugène Joseph Viollat (d.1901) [Public domain], via Wikimedia Commons

La Vendée, un caso de crímenes atroces sin cuento, solo porque cometieron el “crimen” de disentir con los revolucionarios, en que no era necesario erradicar la monarquía.

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